A 61 AÑOS DE LA DECLARACIÓN DE ARGEL DEL CHE GUEVARA

A 61 AÑOS DE LA DECLARACIÓN DE ARGEL DEL CHE GUEVARA

Comentario Previo

Han transcurrido 61 años desde la Declaración de Argel del Che Guevara y sin embargo un mantiene su vigencia y justeza en un mundo completamente diferente que aquel en que se dió. La inexistencia del Campo Socialista hoy no sólo llevó a la pérdida de un contrapeso o polo económico que pudiera apoyar los procesos de liberación de los pueblos de la TRIcontinental sino al avance más brutal de las políticas criminales por parte del imperialismo. Llevó también a la pérdida y degeneración definitiva de una buena parte de los antiguos partidos comunistas devenidos en socialdemócratas y a la división del movimiento comunista y revolucionario internacional. El progresismo se instaló como una nueva versión de la ideología socialdemócrata y/o dominante la cual le ha causado un daño profundo al movimiento de liberación generando confusión en sectores del pueblos, como vehículo efectivo para frenar los procesos populares y de liberación o para simplemente desviarlo hacia otros destinos que no son precisamente la derrota del capitalismo y del imperialismo como de toda forma de opresión. 

También el contexto en que se dió esta declaración fue en un proceso revolucionario cubano muy diferente a la Cuba de hoy cuyo bloqueo criminal ha alcanzado niveles jamás visto y que esta causando un deterioro severo de lo conquistado por aquel heroico pueblo. La Revolución Cubana y su Pueblo desde 1959 hasta hoy no sólo ha dado infinitas muestras de resistencia y sabiduría sino también de internacionalismo proletario siempre a disposición con todos los pueblos en lucha. Su ejemplo es lo que llena de odio al imperialismo y es precisamente eso lo que busca aniquilar. Es también en ese asedio criminal que los progresistas de hoy, más allá de ayudas «humanitarias», asocian estas ayudas a presiones y agresiones políticas y discursivas que replican los conceptos y dirección del imperialismo. La llaman dictadura, llaman a liberar a los «presos políticos» cuando son mercenarios. Llaman a que Cuba cambie de rumbo y asuma las leyes del mercado, la democracia burguesa y vuelva a ser lo que era antes del 59. Esos son los objetivos del progresismo hoy. 

Pero los 61 años de esta digna declaración también se da a meses del secuestro de Nicolas Maduro y Cilia Flores y de la una nueva forma de intervención e invasión por parte de los yankis en un proceso soberano. El descaro de los Estados Unidos por dictar lo que se debe hacer o dejar de hacer en Venezuela  y acciones emprendidas por las autoridades que ponen un manto de duda serio en cuanto a defender el proceso y tener la intención de profundizarlo en también un elemento nuevo en toda esta ofensiva imperialista. 

Pero no todo es dificultades para los pueblos. El desarrollo de las Guerras Populares en Filipinas, en la India, Birmania, Turquía. El proceso de recuperación de su soberanía y de sus recursos de los pueblos del Sahel, la lucha de los campesinos pobres en Brasil y el reagrupamiento de las fuerzas revolucionarias y genuinamente antiimperialistas como la formación de nuevas organizaciones revolucionarias nos señalan que la porfía, la insolencia de los pueblos y la convicción profunda en la revolución siguen siendo para de esta historia presente. 

No sólo las estrategias y acciones militares forman parte de la guerra imperialista para el sometimiento de los pueblos también el ahogamiento de los pueblos mediante el pago de la deuda externa, la imposición de los ajustes económicos emanados del FMI y Banco Mundial, la imposición de los Tratados de Libre Comercio y de nuevas formas de saqueo forman también parte de la dominación imperialista sobre nuestros pueblos. La deuda externa de los pueblos de África, Asia y América Latina alcanza a 9,177 mil millones USD. Solamente el 2024 664 millones de personas en Asia, África y América Latina padecieron hambre. Se estima que 789 millones de personas viven en la extrema pobreza en Asia, África y América Latina según datos del 2025. Estas cifras son alarmantes en sí y más aun si consideramos que la población mundial es de 8.1 mil millones de personas. Esta realidad se hace mucho más patética e indignante si consideramos que el 10% más rico del mundo posee alrededor del 75% de la riqueza mundial. Que el 50% más pobre de la población mundial posee apenas el 2% de la riqueza total y que el 0.001% más rico (menos de 60.000 personas en todo el mundo) tiene más riqueza que la mitad más pobre de la humanidad, es decir, que los 4.000 millones de personas con menos riqueza combinadas. Este es el mundo de la libertad y la democracia que algunas mentes desquiciadas aun defienden y a la cual nos quieren obligar a defender. 

La tarea para nosotros hoy es ¿cómo llevar a cabo los objetivos y principios de la presente declaración vigente en este nuevo contexto? No se puede reivindicar al Che Guevara desde una perspectiva romántica eso sería quitarle todo por lo cual ha traspasado y vencido al tiempo. Hay que reivindicarlo en su totalidad llevándolo a la práctica. 

El Comandante Ernesto Che Guevara y la Declaración de Argel, 24 de febrero, 1965. 

Cuba está aquí en esta conferencia para hablar en nombre de los pueblos de América Latina. [19] Como hemos enfatizado en otras ocasiones, Cuba también habla como un país subdesarrollado y al mismo tiempo como un país que está construyendo el socialismo.

No es casualidad que a nuestra delegación se le permita expresar su opinión aquí, en el círculo de los pueblos de Asia y África. [20] Una aspiración común nos une en nuestra marcha hacia el futuro: la derrota del imperialismo. Un pasado común de lucha contra el mismo enemigo nos ha unido en el camino.

Esta es una asamblea de pueblos en lucha, y la lucha se desarrolla en dos frentes igualmente importantes que requieren todos nuestros esfuerzos. La lucha contra el imperialismo, por la liberación de las ataduras coloniales o neocoloniales, que se libra mediante armas políticas, armas o una combinación de ambas, no está separada de la lucha contra el atraso y la pobreza. Ambas son etapas del mismo camino que conduce a la creación de una nueva sociedad de justicia y abundancia.

Es imperativo tomar el poder político y librarse de las clases opresoras. Pero entonces debe afrontarse la segunda etapa de la lucha, que puede ser incluso más difícil que la primera.

Desde que el capital monopolista se apoderó del mundo, ha mantenido a la mayor parte de la humanidad en la pobreza, repartiendo todas las ganancias entre los países más poderosos. El nivel de vida en esos países se basa en la extrema pobreza de los nuestros. Por lo tanto, para elevar el nivel de vida de las naciones subdesarrolladas, debemos luchar contra el imperialismo. Y cada vez que un país es arrancado del árbol imperialista, no solo se gana una batalla parcial contra el enemigo principal, sino que también contribuye a su verdadero debilitamiento y es un paso más hacia la victoria final. No hay fronteras en esta lucha a muerte. No podemos ser indiferentes a lo que sucede en cualquier parte del mundo, porque la victoria de cualquier país sobre el imperialismo es nuestra victoria, así como la derrota de cualquier país es una derrota para todos nosotros. La práctica del internacionalismo proletario no es solo un deber de los pueblos que luchan por un futuro mejor, sino también una necesidad ineludible.

Si el enemigo imperialista, Estados Unidos o cualquier otro, ataca a los pueblos subdesarrollados y a los países socialistas, la lógica elemental determina la necesidad de una alianza entre estos últimos y los países socialistas. Si no hubiera otro factor de unión, el enemigo común debería ser suficiente. [21]

Por supuesto, estas alianzas no pueden forjarse espontáneamente, sin discusiones, sin dolores de parto, que a veces pueden ser dolorosos. Dijimos que cada vez que un país se libera, es una derrota para el sistema imperialista mundial. Pero debemos reconocer que la ruptura no se logra con el mero acto de proclamar la independencia o lograr una victoria armada en una revolución. Se logra cuando se pone fin a la dominación económica imperialista sobre un pueblo. Por lo tanto, es de vital interés para los países socialistas que se produzca una verdadera ruptura. Y es nuestro deber internacional, un deber determinado por nuestra ideología rectora, contribuir con nuestros esfuerzos para que esta liberación sea lo más rápida y profunda posible.

De todo esto se desprende una conclusión: los países socialistas deben contribuir al desarrollo de los países que emprenden el camino hacia la liberación. Lo planteamos así sin ánimo de chantaje ni dramatismo, ni buscamos una vía fácil para acercarnos a los pueblos afroasiáticos; es nuestra profunda convicción. El socialismo no puede existir sin un cambio de conciencia que se traduzca en una nueva actitud fraternal hacia la humanidad, tanto a nivel individual, en las sociedades donde se construye o se ha construido el socialismo, como a escala mundial, hacia todos los pueblos que sufren la opresión imperialista.

Creemos que la responsabilidad de ayudar a los países dependientes debe abordarse con este espíritu. No debería hablarse más de desarrollar un comercio mutuamente beneficioso basado en precios impuestos a los países atrasados ​​por la ley del valor y las relaciones internacionales de intercambio desigual que resultan de dicha ley. [22]

¿Cómo puede ser “mutuamente beneficioso” vender a precios del mercado mundial las materias primas que cuestan a los países subdesarrollados un sudor y un sufrimiento inconmensurables, y comprar a precios del mercado mundial la maquinaria producida en las grandes fábricas automatizadas de hoy?

Si establecemos ese tipo de relación entre ambos grupos de naciones, debemos aceptar que los países socialistas son, en cierta medida, cómplices de la explotación imperialista. Se puede argumentar que el volumen del intercambio con los países subdesarrollados representa una parte insignificante del comercio exterior de los países socialistas. Esto es muy cierto, pero no elimina el carácter inmoral de dicho intercambio.

Los países socialistas tienen el deber moral de poner fin a su complicidad tácita con los países explotadores de Occidente. El hecho de que el comercio actual sea reducido no significa nada. En 1959, Cuba solo vendía azúcar ocasionalmente a algunos países del bloque socialista, generalmente a través de intermediarios ingleses o de otras nacionalidades. Hoy, el 80 % del comercio de Cuba se realiza con esa zona. Todos sus suministros vitales provienen del campo socialista, y de hecho, Cuba se ha unido a él. No podemos decir que esta entrada en el campo socialista se haya producido simplemente por el aumento del comercio. Este tampoco se debió a la destrucción de las viejas estructuras y la adopción de la forma socialista de desarrollo. Ambos aspectos de la cuestión se entrecruzan y están interrelacionados.

No iniciamos el camino que conduce al comunismo, previendo todos los pasos como lógicamente predeterminados por una ideología que avanza hacia una meta fija. Las verdades del socialismo, junto con las crudas verdades del imperialismo, forjaron a nuestro pueblo y le mostraron el camino que ahora hemos tomado conscientemente. Para avanzar hacia su propia liberación completa, los pueblos de Asia y África deben seguir el mismo camino. Lo seguirán tarde o temprano, independientemente del adjetivo modificador que adopte su socialismo hoy.

Para nosotros, no existe otra definición válida de socialismo que la abolición de la explotación de un ser humano por otro. Mientras esto no se logre, si creemos estar en la etapa de construcción del socialismo, pero en lugar de acabar con la explotación, el trabajo de supresión se detiene —o peor aún, se invierte—, entonces ni siquiera podemos hablar de construir el socialismo. [23] Debemos preparar las condiciones para que nuestros hermanos y hermanas puedan emprender directa y conscientemente el camino de la abolición total de la explotación, pero no podemos pedirles que lo hagan si nosotros mismos somos cómplices de dicha explotación. Si nos preguntaran qué métodos se utilizan para establecer precios justos, no podríamos responder porque desconocemos la magnitud de los problemas prácticos involucrados. Solo sabemos que, tras debates políticos, la Unión Soviética y Cuba han firmado acuerdos ventajosos para nosotros, mediante los cuales venderemos cinco millones de toneladas de azúcar a precios superiores a los del llamado mercado azucarero mundial libre. La República Popular China también paga esos precios al comprarnos.

Esto es solo el comienzo. La verdadera tarea consiste en fijar precios que permitan el desarrollo. Un gran cambio de ideas implicará cambiar el orden de las relaciones internacionales. El comercio exterior no debe determinar la política, sino, por el contrario, subordinarse a una política fraternal hacia los pueblos.

Analicemos brevemente el problema de los créditos a largo plazo para el desarrollo de las industrias básicas. Con frecuencia, observamos que los países beneficiarios intentan establecer una base industrial desproporcionada a su capacidad actual. Los productos no se consumirán internamente y las reservas del país se verán comprometidas en la iniciativa.

Nuestra reflexión es la siguiente: las inversiones de los estados socialistas en su propio territorio provienen directamente del presupuesto estatal y se recuperan únicamente mediante el uso de los productos a lo largo de todo el proceso de fabricación, hasta la producción final. Proponemos que se considere la posibilidad de realizar este tipo de inversiones en los países subdesarrollados. De esta manera, podríamos liberar una inmensa fuerza, oculta en nuestros continentes, que han sido explotados miserablemente, pero nunca se ha contribuido a su desarrollo. Podríamos iniciar una nueva etapa de una verdadera división internacional del trabajo, basada no en la historia de lo que se ha hecho hasta ahora, sino en la historia futura de lo que se puede hacer.

Los Estados en cuyos territorios se realicen las nuevas inversiones gozarán de todos los derechos inherentes a la propiedad soberana sobre ellas, sin que se les aplique ningún pago ni crédito. Sin embargo, estarán obligados a suministrar cantidades acordadas de productos a los países inversores durante un cierto número de años a precios fijos.

También merece estudio el método para financiar la parte local de los gastos de un país receptor de inversiones de este tipo. El suministro de bienes comercializables mediante créditos a largo plazo a los gobiernos de países subdesarrollados podría ser una forma de ayuda que no requiera la contribución de divisas de libre convertibilidad.

Otro problema difícil que debe resolverse es el dominio de la tecnología. [24] La escasez de técnicos en los países subdesarrollados es bien conocida por todos. Las instituciones educativas y el profesorado son deficientes. A veces carecemos de una comprensión real de nuestras necesidades y no hemos tomado la decisión de implementar una política prioritaria de desarrollo técnico, cultural e ideológico.

Los países socialistas deben brindar apoyo para organizar instituciones de educación técnica. Deben insistir en la gran importancia de esto y proporcionar cuadros técnicos para cubrir la necesidad actual. Es necesario enfatizar aún más este último punto. Los técnicos que llegan a nuestros países deben ser ejemplares. Son camaradas que se enfrentarán a un entorno extraño, a menudo hostil a la tecnología, con un idioma diferente y costumbres totalmente distintas. Los técnicos que asuman esta difícil tarea deben ser, ante todo, comunistas en el sentido más profundo y noble de la palabra. Con esta simple cualidad, más un mínimo de flexibilidad y organización, se pueden lograr maravillas.

Sabemos que es posible. Países hermanos nos han enviado un cierto número de técnicos que han contribuido más al desarrollo de nuestro país que diez institutos y han contribuido más a nuestra amistad que diez embajadores o cien recepciones diplomáticas.

Si pudiéramos lograr los puntos arriba mencionados —y si toda la tecnología de los países avanzados pudiera ponerse al alcance de los países subdesarrollados, sin los obstáculos del actual sistema de patentes, que impide la difusión de las invenciones de diferentes países— progresaríamos mucho en nuestra tarea común.

El imperialismo ha sido derrotado en muchas batallas parciales. Pero sigue siendo una fuerza considerable en el mundo. No podemos esperar su derrota definitiva sin el esfuerzo y el sacrificio de todos.

Sin embargo, el conjunto de medidas propuestas no puede implementarse unilateralmente. Estamos de acuerdo en que los países socialistas deben contribuir al desarrollo de los países subdesarrollados. Pero estos también deben fortalecer sus fuerzas para emprender con determinación la construcción de una nueva sociedad —sea cual sea el nombre que se le dé— donde la máquina, instrumento de trabajo, ya no sea un instrumento para la explotación de un ser humano por otro. Tampoco se puede esperar la confianza de los países socialistas de quienes buscan el equilibrio entre el capitalismo y el socialismo, intentando utilizar cada fuerza como contrapeso para obtener ciertas ventajas de dicha competencia. Una nueva política de absoluta seriedad debe regir las relaciones entre ambos grupos de sociedades. Cabe recalcar una vez más que los medios de producción deben estar preferentemente en manos del Estado, para que las huellas de la explotación desaparezcan gradualmente. Además, el desarrollo no puede dejarse a la improvisación. Es necesario planificar la construcción de la nueva sociedad. La planificación es una de las leyes del socialismo, y sin ella, el socialismo no existiría. Sin una planificación correcta no puede haber garantía adecuada de que todos los diversos sectores de la economía de un país se combinen armoniosamente para dar los saltos adelante que nuestra época exige.

La planificación no puede quedar como un problema aislado de cada uno de nuestros pequeños países, con un desarrollo distorsionado, poseedores de algunas materias primas o productores de algunos bienes manufacturados o semimanufacturados, pero carentes de la mayoría de los demás. [25] Desde el principio, la planificación debe asumir una cierta dimensión regional para entrelazar las diversas economías nacionales y así lograr una integración verdaderamente beneficiosa para todos. Creemos que el camino por delante está lleno de peligros, no peligros conjurados o previstos en un futuro lejano por alguna mente superior, sino peligros palpables derivados de las realidades que nos acosan. La lucha contra el colonialismo ha llegado a su fase final, pero en la era actual, el estatus colonial es solo una consecuencia de la dominación imperialista. Mientras el imperialismo exista, ejercerá, por definición, su dominación sobre otros países. Hoy en día, esa dominación se llama neocolonialismo.

El neocolonialismo se desarrolló primero en Sudamérica, a lo largo de todo un continente, y hoy comienza a sentirse con creciente intensidad en África y Asia. Sus formas de penetración y desarrollo presentan características diferentes. Una es la brutalidad que hemos visto en el Congo. La fuerza bruta, sin ningún respeto ni disimulo, es su arma extrema. Existe otra forma más sutil: la penetración en países que logran la independencia política, la vinculación con las burguesías locales nacientes y el desarrollo de una clase burguesa parasitaria estrechamente aliada a los intereses de los antiguos colonizadores. Este desarrollo se basa en una cierta mejora temporal del nivel de vida de la población, ya que en un país muy atrasado, el simple paso de las relaciones feudales al capitalismo supone un gran avance, independientemente de las graves consecuencias para los trabajadores a largo plazo.

El neocolonialismo ha mostrado sus garras en el Congo. Esto no es señal de fortaleza, sino de debilidad. Tuvo que recurrir a la fuerza, su arma extrema, como argumento económico, lo que ha generado intensas reacciones de oposición. Pero al mismo tiempo, una forma mucho más sutil de neocolonialismo se practica en otros países de África y Asia. Está provocando rápidamente lo que algunos han llamado la sudamericanización de estos continentes; es decir, el desarrollo de una burguesía parasitaria que no aporta nada a la riqueza nacional de sus países, sino que deposita sus enormes ganancias ilícitas en bancos capitalistas extranjeros y pacta con países extranjeros para obtener más beneficios con total desprecio por el bienestar de la población. También existen otros peligros, como la competencia entre países hermanos, políticamente amistosos y, a veces, vecinos, ya que ambos intentan desarrollar las mismas inversiones simultáneamente para producir para mercados que a menudo no pueden absorber el aumento de volumen. Esta competencia tiene la desventaja de desperdiciar energías que podrían emplearse para lograr una coordinación económica mucho mayor; además, da a los monopolios imperialistas un margen de maniobra.

Cuando ha sido imposible llevar a cabo un proyecto de inversión con la ayuda del campo socialista, ha habido ocasiones en que el proyecto se ha concretado mediante la firma de acuerdos con los capitalistas. Estas inversiones capitalistas presentan la desventaja no solo de las condiciones de los préstamos, sino también de otras mucho más importantes, como el establecimiento de empresas conjuntas con un vecino peligroso. Dado que estas inversiones, en general, son paralelas a las realizadas en otros estados, tienden a causar divisiones entre países amigos al crear rivalidades económicas. Además, generan el peligro de corrupción derivado de la presencia constante del capitalismo, muy hábil para evocar visiones de progreso y bienestar que ofuscan la mente de muchas personas. Tiempo después, los precios caen en un mercado saturado de productos similares. Los países afectados se ven obligados a solicitar nuevos préstamos o a permitir inversiones adicionales para competir. Las consecuencias finales de tal política son la caída de la economía en manos de los monopolios y un lento pero seguro retorno al pasado. En nuestra opinión, el único método seguro para las inversiones es la participación directa del Estado como único comprador de los bienes, limitando la actividad imperialista a los contratos de suministro y sin permitirles entrar en nuestra economía. Y en este caso es justo y apropiado aprovechar las contradicciones interimperialistas para conseguir las condiciones menos onerosas.

Tenemos que tener cuidado con la ayuda económica, cultural y de otro tipo “desinteresada” que el imperialismo otorga directamente o a través de estados títeres, que encuentra mejor recepción en algunas partes del mundo.

Si no se detectan a tiempo todos estos peligros, algunos países que iniciaron con fe y entusiasmo su tarea de liberación nacional pueden encontrarse en el camino neocolonial, a medida que la dominación monopolista se establece sutilmente paso a paso, de modo que sus efectos son difíciles de discernir hasta que se hacen sentir brutalmente.

Hay una gran labor por delante. Nuestros dos mundos —el de los países socialistas y el llamado Tercer Mundo— se enfrentan a inmensos problemas que afectan directamente a los seres humanos y a su bienestar, y que están relacionados con la lucha contra la principal fuerza responsable de nuestro atraso. Ante estos problemas, todos los países y pueblos, conscientes de sus deberes, de los peligros que conlleva la situación y de los sacrificios que exige el desarrollo, deben tomar medidas concretas para consolidar nuestra amistad en dos ámbitos inseparables: el económico y el político. Debemos organizar un gran bloque sólido que, a su vez, ayude a los nuevos países a liberarse no solo del poder político del imperialismo, sino también de su poder económico.

La cuestión de la liberación mediante la lucha armada de un poder político opresor debe abordarse conforme a las reglas del internacionalismo proletario. En un país socialista en guerra, sería absurdo concebir que un gerente de fábrica exigiera un pago garantizado antes de enviar al frente los tanques producidos por su fábrica. No debería parecer menos absurdo preguntar a un pueblo que lucha por su liberación, o que necesita armas para defender su libertad, si puede o no garantizar el pago.

Las armas no pueden ser mercancías en nuestro mundo. Deben entregarse a los pueblos que las solicitan para usarlas contra el enemigo común, sin costo alguno y en las cantidades necesarias y disponibles. Ese es el espíritu con el que la Unión Soviética y la República Popular China nos han ofrecido su ayuda militar. Somos socialistas; garantizamos el uso adecuado de esas armas. Pero no somos los únicos, y todos debemos recibir el mismo trato.

La respuesta a los ominosos ataques del imperialismo norteamericano contra Vietnam o el Congo debe ser suministrar a esos países hermanos todo el equipo de defensa que necesitan y ofrecerles nuestra solidaridad total y sin condiciones de ningún tipo.

En el ámbito económico, debemos conquistar el camino del desarrollo con la tecnología más avanzada posible. No podemos intentar seguir los largos pasos ascendentes del feudalismo a la era nuclear y automatizada. Eso sería un camino de sacrificios inmensos y en gran medida inútiles. Debemos partir de la tecnología en su nivel actual. Debemos dar el gran salto tecnológico que reducirá la brecha actual entre los países más desarrollados y nosotros. La tecnología debe aplicarse a las grandes fábricas y también a una agricultura debidamente desarrollada. Sobre todo, su base debe ser la educación tecnológica e ideológica, con una base masiva y una fuerza suficientes para sustentar los institutos y organizaciones de investigación que deben crearse en cada país, así como a los hombres y mujeres que utilizarán la tecnología existente y serán capaces de adaptarse a la tecnología recién dominada.

Estos cuadros deben tener una clara conciencia de su deber con la sociedad en la que viven. No puede haber una educación tecnológica adecuada si no se complementa con una educación ideológica; sin educación tecnológica, en la mayoría de nuestros países, no puede haber una base sólida para el desarrollo industrial, que es lo que determina el desarrollo de una sociedad moderna, ni para los bienes de consumo más básicos ni una educación adecuada. Una buena parte de los ingresos nacionales debe destinarse a la llamada inversión improductiva en educación. Y debe darse prioridad al desarrollo de la productividad agrícola. Esta ha alcanzado niveles verdaderamente increíbles en muchos países capitalistas, provocando la absurda crisis de sobreproducción y un excedente de cereales y otros productos alimenticios o materias primas industriales en los países desarrollados. Mientras el resto del mundo padece hambre, estos países disponen de suficiente tierra y mano de obra para producir varias veces más de lo necesario para alimentar a todo el mundo. La agricultura debe considerarse un pilar fundamental de nuestro desarrollo. Por lo tanto, un aspecto fundamental de nuestro trabajo debe ser la transformación de la estructura agraria y la adaptación a las nuevas posibilidades tecnológicas y a las nuevas obligaciones de eliminar la explotación de los seres humanos.

Antes de tomar decisiones costosas que podrían causar daños irreparables, es necesario un estudio minucioso del territorio nacional. Este es uno de los pasos preliminares de la investigación económica y un requisito fundamental para una planificación correcta. Apoyamos firmemente la propuesta de Argelia de institucionalizar nuestras relaciones. Quisiéramos hacer algunas sugerencias adicionales: Primero: para que la unión sea un instrumento en la lucha contra el imperialismo, es necesaria la cooperación de los países latinoamericanos y una alianza con los países socialistas.

Segundo: debemos ser vigilantes en preservar el carácter revolucionario de la unión, impidiendo el ingreso en ella de gobiernos o movimientos no identificados con las aspiraciones generales del pueblo y creando mecanismos que permitan la separación de ella de cualquier gobierno o movimiento popular que se aparte del camino justo.

Tercero: Debemos abogar por el establecimiento de nuevas relaciones en igualdad de condiciones entre nuestros países y los capitalistas, creando una jurisprudencia revolucionaria para defendernos en caso de conflicto y para dar un nuevo significado a las relaciones entre nosotros y el resto del mundo. Hablamos un lenguaje revolucionario y luchamos honestamente por la victoria de esa causa. Pero con frecuencia nos enredamos en las redes de un derecho internacional creado como resultado de enfrentamientos entre las potencias imperialistas, y no por los pueblos libres, los pueblos justos, en el curso de sus luchas.

Por ejemplo, nuestros pueblos sufren la dolorosa presión de bases extranjeras establecidas en sus territorios o tienen que cargar con el pesado peso de enormes deudas externas. La historia de estos retrocesos es bien conocida por todos. Gobiernos títeres, gobiernos debilitados por largas luchas de liberación o por el funcionamiento de las leyes del mercado capitalista, han permitido tratados que amenazan nuestra estabilidad interna y ponen en peligro nuestro futuro. Ahora es el momento de sacudirnos el yugo, de forzar la renegociación de las opresivas deudas externas y de obligar a los imperialistas a abandonar sus bases de agresión. No quisiera concluir estas observaciones, esta recitación de conceptos que todos ustedes conocen, sin llamar la atención de esta reunión sobre el hecho de que Cuba no es el único país latinoamericano; es simplemente el único que tiene la oportunidad de hablar ante ustedes hoy. Otros pueblos están derramando su sangre para conquistar los derechos que nosotros tenemos. Cuando enviamos nuestros saludos desde aquí y desde todas las conferencias y lugares donde se celebren a los heroicos pueblos de Vietnam, de Laos, de la llamada Guinea Portuguesa, de Sudáfrica o de Palestina, a todos los países explotados que luchan por su emancipación, debemos extender simultáneamente nuestra voz de amistad, nuestra mano y nuestro aliento a nuestros pueblos hermanos de Venezuela, de Guatemala y de Colombia, que hoy, con las armas en la mano, dicen resueltamente “¡No!” al enemigo imperialista.

Pocos escenarios para hacer esta declaración son tan simbólicos como Argel, una de las capitales más heroicas de la libertad. Que el magnífico pueblo argelino, formado como pocos en los sufrimientos de la independencia, bajo el decidido liderazgo de su partido, encabezado por nuestro querido compañero Ahmed Ben Bella, nos sirva de inspiración en esta lucha sin cuartel contra el imperialismo mundial.

 

[19] El Che Guevara pronunció este discurso en el Segundo Seminario Económico de Solidaridad Afroasiática, el 24 de febrero de 1965. Había estado de gira por África desde diciembre, tras dirigirse a la Asamblea General de las Naciones Unidas el 11 de diciembre de 1964. En ese momento crucial, el Che se preparaba para su participación en el movimiento de liberación del Congo, que comenzó en abril de 1965. Esta edición del discurso incorpora por primera vez correcciones realizadas por el Che Guevara a la versión original publicada del discurso de Argel. Las correcciones se pusieron a disposición del público a través del archivo personal del Che Guevara, conservado en el Centro de Estudios Che Guevara, en La Habana.

[20] La participación del Che en la conferencia de Argel refleja la relación de Cuba con el Tercer Mundo. En 1959, tras el triunfo de la revolución, de junio a septiembre, el Che emprendió una gira por los países participantes en el Pacto de Bandung. Este Pacto fue precursor de lo que posteriormente se convertiría en el Movimiento de Países No Alineados. En el Primer Seminario de Planificación en Argelia, el 16 de julio de 1963, el Che expuso las experiencias de la Revolución Cubana, explicando que había aceptado la invitación para asistir «solo para ofrecerles un poco de historia de nuestro desarrollo económico, de nuestros errores y aciertos, que podría serles útil en un futuro próximo…».

[21] En este discurso, el Che definió con gran precisión su tesis revolucionaria para el Tercer Mundo y la integración de la lucha por la liberación nacional con las ideas socialistas. Su llamado en Argelia a los países socialistas para que brindaran un apoyo incondicional y radical al Tercer Mundo provocó un gran debate. Sin embargo, la historia le daría la razón.

[22] Esta definición de intercambio desigual formó parte del profundo llamamiento del Che hecho en Ginebra el 25 de marzo de 1964, en la Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre Economía y Desarrollo en el Tercer Mundo: “Es nuestro deber… llamar la atención de los presentes sobre el hecho de que mientras se mantenga el statu quo y la justicia esté determinada por poderosos intereses… será difícil eliminar las tensiones prevalecientes que ponen en peligro a la humanidad”.

[23] Para el Che, el socialismo significaba inherentemente superar la explotación como paso esencial hacia una sociedad justa y humana. El Che se pronunció abiertamente sobre este tema en los debates y a menudo fue malinterpretado, al igual que su énfasis en la necesidad de la unidad internacional en la lucha por el socialismo. La idea del Che era que las fuerzas socialistas internacionales contribuirían al desarrollo económico y social de los pueblos que se liberaran.

[24] La participación directa del Che, entre 1959 y 1965, en la construcción de las bases tecnológicas y materiales de la sociedad cubana está estrechamente vinculada a su idea de crear al hombre y la mujer nuevos. Esta es una cuestión a la que recurría constantemente, considerándola uno de los dos pilares fundamentales sobre los que se construiría una nueva sociedad. Su estrategia no solo consistía en resolver los problemas inmediatos, sino también en establecer ciertas estructuras que aseguraran el futuro desarrollo científico y tecnológico de Cuba. Impulsó esta estrategia durante su etapa al frente del Ministerio de Industrias. Para más información sobre este tema, véanse sus discursos: “Que las universidades se llenen de negros, mulatos, obreros y campesinos” (1960) y “Juventud y Revolución” (1964).

[25] En su esfuerzo por comprender plenamente las tareas de la transición a una economía socialista, el Che llegó a comprender el papel vital de la planificación económica, especialmente en la construcción de una economía socialista en un país subdesarrollado que conservaba elementos del capitalismo. La planificación es necesaria porque representa el primer intento humano de controlar las fuerzas económicas y caracteriza este período de transición. También advirtió sobre la tendencia dentro del socialismo a reformar el sistema económico mediante el fortalecimiento del mercado, los intereses materiales y la ley del valor. Para contrarrestar esta tendencia, el Che abogó por una planificación centralizada y antiburocrática que enriqueciera la conciencia. Su idea era utilizar la acción consciente y organizada como motor fundamental de la planificación. Para más información, véase su artículo «La importancia de la planificación socialista» (1964).

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