
DE UNA POBLACIÓN CHILENA A LA REVOLUCIÓN POPULAR SANDINISTA

Comentario Previo
José Miguel Carrera, aparte de ser un combatiente internacionalista y ex militante del FPMR, tiene la habilidad de contar en forma sencilla y humilde uno de los episodios más significativos de la historia de Chile que ha sido ocultado por los historiadores oficiales, cuál es, la lucha internacionalista revolucionaria de un destacamento de revolucionarios chilenos que combatieron en Nicaragua, El Salvador y otras latitudes. José Miguel con su forma de relatar reconstruye, aporta en esa reconstrucción, ese pedazo de nuestra historia. Sus relatos quedarán para las generaciones futuras que cuando busquen referentes para basarse en ellos en la construcción de un instrumento revolucionario tendrán en esos combatientes un digno ejemplo. A continuación parte de ese relato.
«DE UNA POBLACIÓN CHILENA A LA REVOLUCiÓN POPULAR SANDINISTA»
Cuando amaneció el 18 de julio de 1979 en el Frente Sur de Nicaragua, no escuché ningún ruido que no fueran los propios de la naturaleza, que en ese país centroamericano es esplendorosa. Pájaros de todos colores trinando, vegetación intensamente verde, perenne. Impresionante, sobre todo para nosotros habitantes del fin del mundo. No había ruido de guerra. Estábamos sorprendidos y muy alertas.
Era un silencio extraño: la artillería y los morteros enemigos habían cesado su actividad diaria. Los aviones no nos acosaban con sus bombas y metralletas como lo hacían desde que había llegado a la zona de guerra. Los cañonazos que eran el pan de cada día, esa mañana no se sentían. No se observaba movimiento enemigo en sus trincheras y tampoco éramos blancos de los disparos de los soldados de la guardia somocista, ni de sus francotiradores.
A través de un radio portátil que nos servía de escucha, nos enteramos de la huida del dictador Anastasio Somoza a Estados Unidos el día anterior. Al anunciar su renuncia, dejó a uno de los suyos como presidente del país – “el tal Urcuyo”, como le decían los propios nicaragüenses, que no alcanzó a durar un par de días en el poder.
Los chilenos, en un grupo mayor a medio centenar, estábamos desplegados combativamente en diferentes puntos del territorio liberado por los sandinistas y mantenido también por nuestro esfuerzo. Intuíamos que algo pasaba ese día de julio en la guerra a la que por solidaridad combatiente estábamos de lleno involucrados.
Era extraño lo que me sucedía. Echaba de menos la tensión que producía cada bombazo o la metralla potente de la aviación enemiga. Intuitivamente, persistíamos en caminar por las orillas de los caminos, protegidos por los árboles para evitar ser vistos por los aviones exploradores y los francotiradores. En esa aparente tranquilidad, era lógico colgarse el fusil FAL al hombro, pero lo seguíamos manteniendo en posición de alerta. Pero poco a poco nos empezamos a relajar.
Los “compitas”, como se llamaban entre ellos los guerrilleros sandinistas, eran mayoritariamente muchachos y muchachas, pero aún así, eran veteranos guerrilleros que llevaban años peleando por la liberación de su pueblo. También intuían que algo pasaba.
Al día siguiente, 19 de julio, los guerrilleros nicaragüenses, como despertando de un letargo, comenzaron a disparar, pero no en dirección del enemigo, sino directamente al aire. Se alzaban sobre las trincheras, en la propia carretera Panamericana, o donde sea que se encontraran. Nos abrazaban y nos abrazábamos entre todos y gritaban: “¡Le ganamos al hijo de puta, se acabó la guerra compitas, ganamos!”, “¡Viva el FSLN!”. Gritaban sus famosas consignas de combate “La marcha hacia la victoria no se detiene”, “¡Patria Libre o Morir!”, “¡Patria o Muerte Venceremos!” Y mirándonos a nosotros nos decían: “¡Chileno, ahora nos vamos para El Salvador y después con ustedes para Chile!”
Era la victoria, algo que los revolucionarios y los pueblos conocen la mayoría de las veces por los libros. El triunfo, la libertad… palpaba la alegría que sólo habíamos visto en películas. Pasaban por mi mente imágenes que vi en las noticias de cuando los guerrilleros cubanos con Fidel a la cabeza de su extraordinario pueblo entraban a La Habana, o cuando el pueblo ruso expulsó a los alemanes del territorio soviético en su victoria contra el nazismo.
Los compas iban de lado a lado, relatando combates, prometiendo que volverían a encontrarse luego de que ubicaran a sus seres queridos. A algunos los envolvía el dolor, lloraban al recordar a los camaradas caídos.
Era la hora del recuento, de los balances, de lo que habían perdido y lo que habían ganado. El triunfo nicaragüense tuvo sin lugar a dudas un alto costo para este querido pueblo.
En el Frente Sur, se comprobó que la guardia que estaba en nuestro frente había huido por la carretera a San Juan del Sur, en la costa del Pacífico. Luego se supo que en barcazas fueron trasladados hasta El Salvador. Comenzaron entonces los preparativos para cumplir la orden de la Comandancia del FSLN de partir hacia la capital, Managua. Los internacionalistas colaboraríamos en organizar las columnas de guerrilleros para la marcha. No teníamos idea cómo era la capital de Nicaragua. Habíamos peleado por la libertad de ese país sin conocerla. Sólo por el mapa sabíamos para dónde debíamos dirigirnos y la dirección que debíamos tomar. El norte era el camino.
Veinticinco años después, con Luis, el oficial que salió herido de gravedad y casi ciego de esa guerra, formamos parte de una delegación chilena que denominamos “Orgullo del Pasado”. Participamos en los actos conmemorativos del 25 aniversario del triunfo de la Revolución Popular Sandinista en Nicaragua. Al saber que Luis había sido herido en esa lucha de liberación, varios periodistas nicaragüenses le preguntaron: “¿Cómo encuentra Nicaragua después de 25 años? ¿Qué le parece la capital?”
Su repuesta nos sorprendió a todos, incluido a mí:
”La verdad –dijo- no tengo la más remota idea cómo era Nicaragua. Yo entré en la guerra por la frontera con Costa Rica, me dieron una misión, partí a cumplirla, salí herido, perdí masa encefálica, salí del borde delantero gracias a un compita nicaragüense y luego me sacaron no sé cómo de la zona de guerra. Recobré el conocimiento en un hospital de San José de Costa Rica. Después, me trasladaron al Hospital Naval de Cuba, en La Habana. Alcancé a estar sólo trece días en Nicaragua y nunca más volví. Así que repito: ¡no tengo idea cómo es Nicaragua y menos Managua!”
Al momento de finalizar la guerra, yo me encontraba a las órdenes del Estado Mayor Guerrillero. Me ordenaron que apoyara a Evaristo en la organización del orden de marcha de las tropas que se desplazarían a Managua. Las fuerzas del Frente Sur habían crecido en combatientes, piezas de artillería y morteros, lanzacohetes, ametralladoras ligeras y pesadas y hasta una pieza de artillería anti aérea.
Había que asegurar la protección aérea y prever posibles emboscadas. No sabíamos de dónde podían venir los ataques enemigos y no teníamos la información completa de la situación de la Guardia Nacional luego de la huida de Somoza.
La misión de Evaristo era bien concreta: organizar correctamente la columna para la marcha. Los guerrilleros y el armamento de infantería y artillería debían ser distribuidos en los camiones y otro tipo de vehículos con que se contaba en esos momentos. Debíamos partir como una fuerza organizada a la capital y ser capaces de responder a cualquier ataque enemigo o imprevisto durante el camino. Era la orden de la comandancia del FSLN: asegurar la toma de la capital, Managua.
Evaristo se empecinaba en convencer a los guerrilleros de que el desplazamiento a Managua debía ser organizado. Les mostraba en un mapa el esquema de la formación, les indicaba la velocidad de marcha de los vehículos y la distancia que debía haber entre ellos. Los choferes de reemplazo también eran seleccionados.
Se estableció el plan de comunicaciones durante el recorrido, la disciplina en las comunicaciones, qué hacer en cada variante que se presentara, los lugares de peligro, el despliegue posible de las fuerzas del enemigo y la respuestas nuestras en cada caso. Pero ellos no querían saber más de órdenes militares.
Los guerrilleros, incluyendo algunos jefes, no estaban muy interesados en llegar en formación a Managua, ni menos meterse en la columna de marcha. Estos muchachos querían partir inmediatamente a la capital y no entendían ningún tipo de razones del oficial asesor chileno.
Muchos de estos combatientes, que para siempre pasaron a ser nuestros hermanos de sangre, partieron a Managua por su propia cuenta. Querían ser los primeros en llegar a la capital. Soñaban con volver a ver a sus padres y madres, que seguramente los creían muertos y los andarían buscando desesperadamente en cada columna guerrillera que llegara a la capital.
Su urgencia era abrazar a sus amigos, llorar con ellos lágrimas de victoria, hablar de los héroes caídos. Intentar recuperar el tiempo y los besos perdidos de sus novias, o disfrutar de nuevo a sus hijos. El triunfo era todo eso para los nicaragüenses. Para ellos la guerra había terminado, y ahora querían volver a vivir o empezar a vivir de nuevo. Se habían ganado ese derecho. No querían más guerra.
Yo los miraba y me decía: Pensar que nosotros estamos recién empezando. Los envidiaba sanamente.
Después del triunfo sandinista, Evaristo fue por un tiempo encargado del partido entre los militares que estábamos en Nicaragua, reemplazando a Salvador. Siempre lo he considerado como uno de mis mejores amigos. Ingresó clandestino a Chile, y fue leal compañero de Raúl Pellegrin, jefe histórico del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR).
Varios años después de ese día de julio de 1979 en que trabajábamos arduamente para organizar a las columnas de guerrilleros para partir en orden de marcha a Managua, un jefe del FPMR en Chile me comunicó la dolorosa noticia de que Evaristo estaba desaparecido. No se había reportado, y sin duda estaba preso o muerto.
Evaristo había caído detenido después del atentado al tirano Pinochet en 1986, resistió la tortura salvaje de la dictadura y no dijo una palabra a sus carceleros. Estuvo muchos años en prisión, hasta que durante el gobierno del presidente Patricio Aylwin logró la libertad, al igual que su valiente compañera, también presa política, a quien tuve el honor de conocer antes de caer detenida.
Elegimos el lugar que me correspondería en la columna que avanzaría victoriosamente a Managua. Pero increíblemente, me perdí esa marcha gloriosa por una orden superior. Se me indicó que debía bajar del camión en que me encontraba – según yo, listo para la foto- y quedarme en la zona fronteriza. No lo podía creer. Y hasta hoy no lo creo.
No pude incorporarme a la gran columna del Frente Sur. No fui testigo del hecho histórico, de cómo mis hermanos se abrieron paso por las carreteras de Nicaragua, recibiendo los cariños de ese pueblo heroico.
Mi jefe, Salvador, me ordenó que después de que se fueran todos – incluido él, por supuesto- tenía como misión aventurarme por la amplitud del territorio y “cazar” varias vacas para la comida de las próximas semanas de nuestras tropas. No teníamos idea cómo sería la situación en los próximos días. Debía “recuperar” además un camión con acoplado para trasladar el ganado y que éste no podía ser menor al número de cinco animales, según indicó. Mientras mis queridos compañeros victoriosos se enfrentaban al cariño del pueblo nicaragüense camino a Managua, mi última misión en el Frente Sur fue garantizarles su futura comidita.
Era comprensible el interés de comer carne. Nos había costado acostumbrarnos a la comida guerrillera, escasa en cantidad, según los comentarios generales. Debimos adaptarnos a lo que hubiera. La base principal de la comida eran frijoles, café negro, algún queso, leche condensada y tortillas de maíz.
Nosotros comíamos las tortillas crudas, porque no sabíamos que se debían cocer. Cuando conocimos el verdadero gusto de las tortillitas, nunca dejé de comerlas junto con el bendito “gallo pinto”, la comida más típica de los nicaragüenses.
Gracias a los internacionalistas uruguayos pudimos comer más de una vez unos increíbles asados de vacuno en plena guerra. Esa suerte se me presentó en una ocasión en el pueblo de Sapoa. Los compañeros (tupamaros y comunistas) eran valientes y fraternales guerrilleros. Estaban preparando un tremendo asado en un somier de una cama que pertenecía al cuartel de la Guardia en Sapoa. Les recordé que dos días antes había visto un cadáver de un somocista atado y totalmente quemado en una cama parecida, pero me aseguraron que era otra cama. El caso es que finalmente no me pude negar al ofrecimiento de un rico pedazo de carne asado al estilo oriental.
Cuando se fueron todas las columnas victoriosas del Frente Sur “Benjamín Zeledón” a la capital y con todos mis compañeros incluidos, yo me quedé con Silvio. Llegado el atardecer, los compitas agruparon troncos para hacer una gran fogata. Compartimos con ellos esa noche en vigilia. Se encontraban con nosotros varios guerrilleros que fueron designados como policías fronterizos. Estábamos atentos a cualquier rebrote de los somocistas.
Hermosa y linda se veía la noche con la gran llamarada de la fogata. Era una verdadera llama de la libertad. Surgió espontáneamente el canto entre nosotros, y no faltó el que pidió que cantáramos el “Venceremos” de la Unidad Popular chilena. De esa noche nunca podré olvidar la sensación que me embargaba. Entonábamos: “La tumba del guerrillero, dónde, dónde está, su madre está preguntando, algún día lo sabrá”.
Se cantaron otras canciones como “Las Mujeres del Cua” y el “Cristo de Palacaguina”. Sus letras mostraban claramente la dura realidad de la lucha de los nicaragüenses. Esta revolución enseñaba al pueblo a combatir con los cantos de “Guitarra Armada”. Yo siempre me impresionaba durante mi estadía en Nicaragua cuando escuchaba el hermoso y sublime tema “Canto de Meditación”, que era parte de la misa campesina con que alaban a Dios, haciendo alusión al canto de los pajaritos como el gorrión, el alcaraván y el carpintero, entre otros, en el amanecer campesino nicaragüense de cada día.
Llegaron a la fogata unos compitas nicaragüenses que estaban de seguridad a orillas del lago. Querían información. Estuvieron todo el tiempo en un lugar bien aislado y no sabían que estaba pasando con la guerra.
“La guerra terminó, hermanos”, les decían, riéndose los compitas que celebraban la victoria.
Me alejé de la fogata, caminé unos pasos y me acerqué al sitio donde estaban sepultados los cuerpos de algunos guerrilleros caídos en la guerra. Una de las tumbas tenía vainas de proyectiles de cañones a su alrededor como de adorno. Miré el letrero en forma de cruz que la encabezaba con un nombre manuscrito que me era familiar: “Gualberto”. Era el seudónimo que usaba el “Chico Days”. Me vino su imagen a la memoria. Apenas hacía unos cuatro o cinco días que lo habíamos sepultado en un cajón de morteros. Me dio mucha tristeza por él.
La misma tristeza que sentimos cuando recordamos al “Flaco Lira”, o David, como era el nombre con que fue bautizado en la escuela de Punto Cero Roberto Lira Morel. Él se graduó de dentista en Cuba, y en la guerra fue el encargado de la ametralladora “Cuatro Bocas” en el Frente Sur.
Después del triunfo sandinista, por convicción y por amor, partió a pelear a El Salvador, renunció al partido y formó parte de una de las organizaciones del guerrillero Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, (FMLN). Murió en una emboscada en enero de 1981.
Su cuerpo nunca ha sido encontrado, a pesar de los esfuerzos de sus familiares, en especial de su hermana Vilma. Sus restos reposan en algún lugar de ese país centroamericano, en cuya guerra de liberación combatieron y dejaron su vida muchos jóvenes chilenos. Bien se merece él como un homenaje la canción de “La tumba del guerrillero, dónde, dónde está”.
Finalmente, las fuerzas del Frente Sur avanzaron hacia Managua. La Guardia Nacional colapsó después de la renuncia del General Anastasio Somoza. El último cañonazo de la Guardia Nacional en nuestra zona de guerra se dio como a las 5.00 hrs. de la mañana del 19 de julio. Quince minutos después, una patrulla de exploración enviada a verificar las posiciones enemigas confirmó su retirada hacia San Juan de Sur. Las tropas sandinistas entraron victoriosas en la capital el 20 de julio de 1979, sin mí.
Capitulo del libro 16 : DE UNA POBLACION CHILENA A LA REVOLUCIÓN SANDINISTA
Autor José M. Carrera C.

