
SEBASTIÁN PIÑERA: OTRO MONUMENTO PARA UN ASESINO

Si bien el sistema de explotación capitalista se mantiene por obra y gracia del poder (económico y militar) de su clase dominante también es cierto que la ideología expresada a través de los monumentos y símbolos tiene un rol fundamental en la perpetuación de ese poder.
Los monumentos, las estatuas levantados para perpetuar fundamentalmente la historia militar y los «héroes» militares de la clase dominante tiene por finalidad la de falsificar la historia, imponer la versión de los hechos de la historia oficial donde los homenajeados por lo general son militares cuyas manos también están manchadas con sangre del pueblo y del proletariado. Caso del primero, Baquedano entre otros.
Cuando se trata de los presidentes, el centro cívico, aquel que circunda La Moneda y que se concentra en la Plaza de los Presidentes es simplemente para la risa. Diego Portales asesino serial, genocida y traidor. Jorge Alessandri el mismo que el día del golpe de estado y siendo gerente de la papelera ubicada en Puente Alto entregaba a los dirigentes sindicales y militantes de izquierda cuando la fábrica era allanada donde la gran mayoría de ellos fueron ejecutados y desaparecidos posteriormente. Ese era el «paleta». Eduardo Frei el asesino de la Masacre de Puerto Montt, 1969 y posterior gestor del golpe contra Allende. Arturo Alessandri, le decían «El León» de Tarapacá por lo sanguinario, por los bombardeos contra las salitreras y entre medio de toda esa escoria resalta la figura de Salvador Allende, el presidente mártir, quien cayera combatiendo en La Moneda. ¿Qué hace ahí entre medio de tanta mierda?
Pero falta uno.
No podría faltar Sebastián Piñera, el mismo que se robó el Banco de Talca y que fuera rescatado de la justicia por Pinochet. El mismo que amasó su fortuna bajo la dictadura a pesar que falazmenete dijera que había votado en contra de la dictadura. (Los hechos de muestran lo contrario). ¿Acaso no fue jefe de campaña de la candidatura presidencial de Hernán Buchi? El candidato de la dictadura que enfrentaría a Patricio Aylwin. El mismo que chocó el helicóptero mientras se agachaba a recoger unas chauchas que se le habían caido al sujeto del lado. Total lo de avaro no se le quitó nunca jajajaja.
Pero, ¿en qué consiste un monumento? ¿Cuáles son los requisitos para que se le levante a un personaje al cual la clase dominante desea perpetuar en la memoria de los pueblos?
El historiador Pierre Nora «acuño un concepto decisivo: «lugares de memoria». Con esta expresión, buscaba dar cuenta de aquellos espacios donde se cristaliza y refugia la memoria». Para Nora, estos espacios se constituían a medida del reconocimiento contemporáneo de la fragilidad de la «memoria espontánea», lo que provoca la necesidad de conformar archivos, mantener aniversarios, organizar celebraciones, erigir monumentos, etc. Si bien la expresión de Nora daba cuenta de la materialidad de estos lugares, esta dimensión por sí sola no bastaba para constituir «lugares de memoria». Para serlo, debían poseer tres dimensiones: material, en tanto objetivación cultural; funcional, al proponerse cristalizar el recuerdo; y simbólica, al convertirse en un referente de significados» (Gabriel Cid, La Esparta Americana. Memoria, identidad y nacionalismo en torno a la Guerra del Pacífico.)
Gabriel Cid más adelante, y en referencia a los monumentos erigidos en recuerdo de la Guerra del Pacífico señala:
«Estos espacios no sólo buscaban evitar el olvido, sino que también desempeñaron una función de pedagogía cívica, procurando moldear el recuerdo colectivo, intencionando el sentido a partir de las cuales este podía ser evocado, al inscribirse en coordenadas simbólicas de carácter nacionalista«.
Y más adelante el mismo Cid nos habla sobre la importancia y función de las estatuas y monumentos en relación a aquellos sobre la guerra aquella pero que aplica a todos aquellos relacionado con la historia.
«Los homenajes escultóricos buscaban explícitamente reivindicar el culto a los héroes, fijar el recuerdo de los sucesos bélicos y evitar su relegamiento al olvido. Para ello, la apuesta fue insertar este discurso de manera permanente en el espacio público, para lo cual el recurso a las estatuas se convirtió en la práctica más común. Y es que, por su naturaleza, los monumentos implican una puesta en escena de discursos que «espacializan la memoria pública». Sus enormes proporciones, que buscan capturar la mirada y convertirse en hitos fácilmente reconocibles, la materialidad de su construcción, que se propone perdurar ante el paso del tiempo, su escenificación sobre zócalos o pedestales, que buscan que el espectador alce la mirada y sitúe simbólicamente las representaciones en el ámbito de lo ideal o sublime, entre otros elementos…Porque los monumentos poseen pretensiones de fijeza de estos imaginarios, apropiándose permanentemente de hitos urbanos que se transforman, con su presencia, en escenarios cargados de simbolismo identitario«.
Entonces, erigir un monumento no es una cosa sin importancia. Tiene un impacto mucho más allá al impacto inmediato envuelto por el discurso y polémica política. Traspasa generaciones, crea identidad y fortalece el discurso e ideología dominantes. De la misma forma no es menor que como en el caso del monumento a Baquedano este haya sido ajusticiado por las masas, sacado de su lugar y ahora con intenciones de volver al epicentro del ajusticiamiento simbólico. La travesía de Baquedano hecho escultura, sacada, ocultada y de vuelta al parecer no sólo refleja la obsesión del poder por imponer su versión de la historia sino que refleja la lucha ideológica y el choque entre la historia oficial y la historia de los pueblos.
Esta misma carga tendrá el monumento a Sebastián Piñera, al mismo que asesinó al pueblo y que le declaró la guerra durante el estallido social del 2019. No sólo es erigir a un nuevo asesino como ejemplo para las generaciones posteriores sino que constituye una bofetada a todos aquellos ciudadanos que fueron violentados en sus derechos más elementales, que fueron golpeados, torturados, dejados ciegos o mutilados durante las jornadas de protestas multitudinarias a nivel nacional. A ese asesino el poder pretende erigir un monumento y levantarlo como ejemplo a seguir. Sólo faltaría una a Pinochet, a la Junta y al Mamo Contreras para tener el cuadro completo. Pero para empezar por qué no erigir uno a Cornelio Saavedra o a Roberto Silva Renard. Ojalá que el monumento a Piñera corra la misma suerte que corrió la mal llamada «Llama de la Libertad» o el monumento a Baquedano. Las masas tendrán la palabra. Que no se perpetúen como los de los Alessandri, de Portales, de Frei y otros. El esclavo no sólo debe romper las cadenas sino barrer con los símbolos que glorificaban la esclavitud.
En definitiva, un eventual monumento a Piñera es igual al Premio Nobel de la Paz a Corina Machado o a Obama después de haber bombardeado e invadido país que se le cruzó por delante.
La polémica y la propuesta

